Si bien este artículo fue escrito en 1966, varios de los temas tratados aquí son de candente actualidad y vale la pena recorrerlos, sobre todo, a la hora de comparar el discurso de la "gente de rugby" de aquellos años '60 con el de los actuales aficionados a nuestro deporte.
Escrito por Roberto Ponssa
El rugby es un deporte formado en las mejores escuelas, colegios y universidades inglesas y como todo lo británico es tradicional, pues se trata de una actividad nacida en la práctica del juego y evolucionada por las costumbres. Las modificaciones han sido impuestas principalmente por la práctica, y acogidas luego por el legislador mediante las modificaciones de las reglas.
Tiene un carácter esencialmente formativo del hombre en su doble aspecto: físico y espiritual.
La difusión del rugby, que ha dejado ya hace tiempo de ser un deporte casi exclusivamente universitario para ganar una adhesión más amplia de deportistas y de público, impone la necesidad de recordar el espíritu que lo presidió:
Deporte de equipo por excelencia, necesita de la investigación táctica y ofrece un campo inmenso a la inteligencia. Es el único juego colectivo, donde el contacto y la lucha física con el contrario está no sólo permitido, sino recomendado. Un autor dice: "El rugby es una maravillosa escuela de la vida. Entre la virilidad y la violencia, entre la lealtad y la felonía, no hay más fronteras que la intención y que puede franquearse en una fracción de segundo. Aquí el hombre aislado no es nada; interesa la personalidad del equipo. El más grande campeón no podrá cambiar por sí solo el curso del destino. La audaz iniciativa individual es a menudo una falta". (Henri Garcia - Le Rugby - París, 1963).
El rugby es el más educativo de los juegos porque es un incomparable revelador de las fuerzas y debilidades morales. En modelo reducido, reproduce la posición del hombre en la sociedad; aquí se aprende a conocer el valor real del éxito de la comunidad -en este caso el team- nacido muchas veces en el lugar más oscuro y humilde de un scrum, como se puede apreciar que las causas del fracaso se ha debido a menudo a proezas individuales de brillantes jugadores.
El rugby es, y debe seguir siéndolo, un deporte de los selectos, de los mejores. Tanto en lo físico como en lo espiritual y moral. Henri Garcia lo compara a una bebida muy fina y muy fuerte que debe beberse lentamente y en compañía de amigos probados. Ofrecerlo en abundancia y a personas de mala índole, podría conducir a las más peligrosas locuras.
Es por eso que el mundo del rugby es una especie de fraternidad o logia, que une a jugadores actuantes y veteranos, árbitros, entrenadores, dirigentes y público.
El jugador debe perder como si le resultase agradable y ganar como si estuviese acostumbrado a ello (R.G. Carlstein - El juego del rugby - Bs.As., 1964).
El público debe saber que no tiene otro derecho que disfrutar de la oportunidad brindada por dos grupos de caballeros, que les permite ver como se divierten practicando el juego.
Este espíritu tiene que mantenerse aunque el deporte se difunda y sean cada vez más numerosas las multitudes que concurran a los partidos.
En Matemática el todo es igual a la suma de las partes, pero en una multitud ello no es cierto porque la calidad espiritual de la masa no es la misma que la suma de las cualidades individuales, y pareciera que allí predomina todo lo que de malo tiene el hombre. Pero no hay dudas de que el nivel espiritual del público puede elevarse mediante el conocimiento del espíritu que anima al mundo del rugby.
La falta de conocimientos del rugby, de su espíritu y de sus reglas, ha dado lugar a lamentables episodios como el que recordaremos a continuación:
El 1º de enero de 1913, en la iniciación del Torneo de las Cinco Naciones, le tocó jugar a Escocia con Francia en el Parc des Princes, cerca de París y una gran multitud de unos 25.000 espectadores concurrieron a presenciar el partido, esperando que repitiera el triunfo logrado en 1911 por el XV de Francia frente al de Escocia.
Los escoceses ganaron fácilmente por 21 á 3, pero el público decepcionado y desconocedor de las reglas del off-side y del tackle, creyó que el árbitro inglés que dirigía el partido Mr. M.V.W. Baxter, había "robado" la posible victoria francesa. Se produjo un terrible escándalo. El Sr. Baxter tuvo que abandonar el campo escondido en el automóvil del jugador internacional francés Pierre Failliot y los jugadores escoceses fueron apedreados y multitudes recorrían las calles cometiendo desmanes en la place de l'Etoile, les Champs-Elyseés y les Grands Boulevards haciendo necesaria la intervención de la policía. Este incidente demostró cuanta razón tenían los británicos al querer conservar el rugby dentro de sus tradiciones.
El hecho tuvo gran repercusión en las Islas Británicas y motivó la ruptura temporaria de la Unión de Escocia que dirigió una carta histórica al órgano directivo del rugby francés diciendo: "En nuestro entender, si un partido no puede ser jugado más que con la protección de la policía o de los militares, no vale la pena de ser jugado. Considerando este aspecto, mi comité estima que es absolutamente necesario enseñar a los espectadores que las tradiciones del rugby deben ser mantenidas no importa dónde éste se juegue y que una de esas tradiciones capitales es el respeto y la inviolabilidad del arbitraje".
En 1965, vimos por primera vez en nuestro medio, al público y la policía invadiendo la cancha de Maldonado (Gimnasia y Esgrima) y hoy ya se hace frecuente leer en las crónicas deportivas, noticias de juego desleal y aún de escenas de pugilato entre jugadores -que no están permitidas por las reglas ni por la tradición-, sin que se tomen las medidas punitorias adecuadas.
Para evitar desviaciones en la práctica del deporte, es indispensable el conocimiento de las reglas y su correcta aplicación. Ello permite gozar del desarrollo de un partido y apreciar cabalmente la inteligencia táctica de los actores.
Robert Poulain (Le Miroir du Rugby - Febrero 1966) dice que es notable contrastar cuántos jugadores hay, que ignorando las reglas se contentan con seguir a sus compañeros, haciendo lento el juego de equipo. La audacia y brillantez del jugador proviene tanto de su valor psíquico y técnico, de su inteligencia táctica, como de su seguridad de actuar sin cometer faltas contra el reglamento.
Para la difusión de la ley, son útiles folletos que contienen generalizaciones de las normas, y trabajos donde se explica un aspecto del juego, por ejemplo el "scrum", dando al lector una visión coordinada y sistemática de todas las reglas dispersas en el reglamento, que se refieren a este tema.
También es necesaria una interpretación clara y uniforme de las reglas al ser aplicadas por los árbitros.
La estructura lógica de las normas del juego, es idéntica a las reglas del Derecho. Por ejemplo, en ese aspecto, un artículo del Código Penal es similar a la Regla 18 del "off-side" o a cualquier otra. Por ello considero que la técnica de interpretación de las leyes, es aplicable a idéntica tarea en materia de rugby, y que sería de gran utilidad para árbitros y entrenadores que no tengan formación jurídica, el estudio de un cursillo elemental de Teoría General del Derecho e interpretación de las leyes. Esto podría ser motivo de un apasionante estudio que algún día se escribirá.
A título de ejemplo considero que al aplicarse las reglas del juego deben tenerse presente algunos principios fundamentales como los siguientes:
El juez o árbitro está obligado a aplicar la ley ("Dura lex sed lex"). Especialmente las normas que repriman el juego desleal, peligroso, inconducta, etc.
Debemos atenernos al significado literal del reglamento en función del fin perseguido por el legislador.
Está permitido todo lo que no está prohibido.
Sin embargo, uno de los más célebres árbitros de Gran Bretaña, el señor M. Gwynne Walter, dejó estupefacto a un periodista que lo interrogaba acerca de su manera de aplicar el reglamento, contestándole: "¿Las reglas del rugby?, ¡yo ni siquiera las he leído!" (L'Express, 13 de febrero de 1966).
Un juez de derecho al dictar sentencia construye un silogismo: premisa mayor, es la ley; por ejemplo se aplicará prisión o reclusión de 8 a 25 años al que matare a otro; premisa menor, es el caso juzgado: Juan ha matado a Pedro; conclusión: a Juan debe aplicársele de 8 a 25 años de prisión. A su vez, para llegar a esa conclusión es necesario un juicio o proceso donde hay acusación, defensa, pruebas y sentencia.
El árbitro de rugby tiene que realizar la misma operación lógica en una fracción de segundo y es simultáneamente acusador, defensor, produce y aprecia la prueba y dicta sentencia inapelable, en medio del fragor del partido. Indudablemente es una tarea angustiosa y dramática.
El señor Bernard Marie, tal vez el más conocido de los árbitros franceses, en un reportaje publicado en la revista "Miroir du Rugby" (febrero de 1966), nos ilustra acerca de su tremenda responsabilidad. Según él, las consideraciones de un buen árbitro, además de las de fortaleza de espíritu, imparcialidad y equidad, son:
- Perfecto conocimiento de las reglas
- Conocimiento de los jugadores
- Buena ubicación en la cancha, que se logra con la experiencia y el goce de un excelente estado físico.
- Facultad de conceptualizar rápidamente la situación.
Todo lo dicho, evidentemente no se aplicó en un partido de esta temporada a cuya terminación oí decir a un distinguido referee "es mejor así, porque no me gusta expulsar jugadores"; en otro caso vi que se ordenaba repetir los "scrum" fijos hasta el cansancio porque quién dirigía el partido estimaba que la pelota debía salir de la segunda línea -ignoraba que está permitido todo lo que no está prohibido- y por último, pocas veces se ve que se aplique la regla referente al largo del lineout.
Nuestros árbitros tienen ganada merecida reputación de ser buenos. Su misión es la más difícil del rugby y trascendental para que perdure el espíritu del juego. El arbitraje es inviolable. Por eso jugadores y público deben abstenerse de críticas durante o inmediatamente después del partido y ellas, si caben, deberían ser impersonales y constructivas.
Un artículo de Roberto Ponssa, publicado en la revista Tercer Tiempo, Nº 21, de mayo de 1966. Buenos Aires, Argentina.
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