domingo, 5 de agosto de 2012

AMATEUR O PROFESIONAL

Después de cada mundial, el ambiente del rugby agudiza su sensibilidad tratando de encontrar razones que puedan justificar por qué Los Pumas no lograron ganar en esos eventos más de un partido.

Se habla de mejores o peores jugadores, de quienes tendrían que estar y quienes tendrían que salir; inclusive se escuchan opiniones sobre en qué puesto podrían rendir más acertadamente algunos de ellos.

Se discute también sobre la capacidad de los entrenadores de turno, teniendo siempre alguna alternativa para mejorar.

Este año se ha sumado, con más fuerza que nunca y de la mano del periodismo una nueva posición que sostiene que en definitiva todos nuestros males pasan por la conducción amateur del rugby argentino y que de lejos presentarla como motivo de verdadero orgullo, nos quieren hacer creer que significa una contrariedad insalvable y madre de todas las derrotas.

Para lograr desentrañar tanto aporte a la confusión, es necesario mantener la serenidad y analizar desapasionadamente lo que sucedió, apoyándose en los hechos con seriedad y responsabilidad.

De esta manera podríamos decir, en principio, que los jugadores que fueron al mundial no fracasaron, lo que fracasó fue la estructura del rugby argentino por su falta de organización, lo que los arrastró a la derrota y la frustración.

El seleccionado nacional, a pesar de haber perdido los partido que jugó, mostró una calidad y capacidad de sus jugadores que debería llenarnos de orgullo en vez de caer en la depresión.

Ellos mostraron que era absolutamente posible ganar los tres partidos, por lo que deberíamos preguntarnos hasta dónde podrían haber llegado si todo no hubiese dependido exclusivamente de su esfuerzo personal.

Nuestro rugby está pasando por un gran momento en lo que a la excelencia de sus jugadores se refiere, que con un ejemplar espíritu amateur se debaten con pasión por sobrevivir en las peores condiciones, producto de la carencia de efectivas estructuras organizadas a nivel selección nacional, siendo este el botín de guerra a tomar y no la máxima expresión del rugby nacional, a honrar y desarrollar.

Esto muestra una realidad incontrovertible que debe ser aceptada, comprendida y debatida con criterio para que los fracasos de los tres mundiales al no lograr lo posible, no sigan dando pie a una serie de argumentos que poco tienen que ver con las verdaderas causas de las derrotas y que provocan sólo desconcierto.

Ahora nos quieren hacer creer imprudentemente que si se logra confundir nuestra condición amateur, todo se va a solucionar y nuestro país logrará pasar a los cuartos de final del próximo evento mundial.

Demasiado caro para el espíritu de nuestro rugby y excesivamente fácil para alcanzar una meta posible, hacia la cual jamás hemos recorrido el camino correcto y que muestra una condición con la realidad ya que previo a los tres mundiales el rugby argentino logró victorias sobre casi todos los seleccionados que, a la postre, resultaron finalistas en dichos eventos.

Una lección que no aprendemos en el rugby argentino, es la de rescatar las experiencias vividas para poder mejorar y crecer evitando cometer los mismos errores, pensando únicamente en el juego y en los jugadores, más allá de miserias y egoísmos.

Hace demasiados años que los únicos que brindan su mejor esfuerzo son los jugadores que disciplinados y tolerantes, tratan de disimular tanta improvisación en la organización que los convoca a la espera de que las estructuras funcionen sobre la base de los principios que caracterizan el juego y que ellos sí cumplen: respeto, esfuerzo, humildad, corrección y entrega.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de mirar parca el lado equivocado y tratar de alimentar las verdaderas posibilidades de nuestro rugby, pensando y actuando en función de él dejando al margen supuestas conveniencias políticas, intereses personales o sectoriales, frustraciones individuales y cualquier otra posición que no se subordine al juego y a los jugadores.

Aquí están nuestros mejores jugadores, con sus virtudes que debemos resaltar y con sus defectos que debemos disimular, provistos del honor que significa ser un jugador amateur y ávidos de una organización que justifique el tiempo que le dedican a su preparación y que les permita jugar con cualquier equipo del mundo, de acuerdo con su real capacidad.

La opción que se nos plantea ahora “amateurismo o profesionalismo” habría que subordinarla a la realidad actual: improvisación u organización; de lo contrario parecería que salvo por el dinero, nadie tiene la culpa de nada.

La confusión actual a la que nos están arrastrando está sustentada por la acción negativa de unos pocos, que se traduce en una sistemática oposición al progreso de nuestro juego, refugiados solapadamente dentro del sistema y gozando de la impunidad que les otorga su habilidad para deslizar sus influencias.

Los jugadores del seleccionado nacional se merecen mayor respeto que el que les plantea la falsa disyuntiva de “dinero o derrota”, debiendo brindarles primero una estructura acorde con lo que ellos merecen por su capacidad y disposición, aceptando que así no es necesario ser rico para ser honrado, tampoco lo es para ser organizado.

Si logramos encauzar la polémica desatada dentro de los parámetros que corresponden, estaremos mejor preparados para hacer buen uso de los recursos que se pretenden y que con seguridad vendrán.

La inteligencia del momento será entonces, saberlos aprovechar correctamente, a favor del juego.

* Un artículo escrito después del Campeonato Mundial de 1995

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